2010-03-18

Mares sin vida

Noticias & Protagonistas.com
por Rosanna González Pena
07.03.2010

El subsecretario de Pesca de la Nación, Norberto Yauhar, envió una nota al Consejo Federal Pesquero pidiendo que se limite la pesca de merluza común en aguas del Golfo San Jorge.
 
 
 
El objetivo es proteger los ejemplares juveniles y desovantes, ya que los desembarques registrados durante el primer bimestre del año son menores a los observados en el mismo período de 2009, y de acuerdo al resultado preliminar de un informe del Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP) que refleja la menor presencia de ejemplares juveniles en la zona.
Desde los mares que rodean al Polo Norte hasta el Círculo Polar Antártico, los recursos pesqueros se están agotando. Es muy posible que desde principios de siglo XX muchas especies comerciales hayan disminuido casi un 90%. En nuestra ciudad, la disminución de la merluza ya comenzó a provocar temblores que recorren todos los niveles de la cadena productiva.
Según las estadísticas de la Subsecretaría de Pesca y Acuicultura, entre el 1 de enero y el 25 de febrero de 2010 se desembarcaron en los puertos argentinos 14.387,1 toneladas de merluza, un 59,7% menos que en el mismo lapso de 2009, cuando se descargaron 35.660,6 toneladas.
El puerto de Mar del Plata recibió 10.188,2 toneladas de merluza, Puerto Madryn 1.710,1 toneladas, San Antonio Este 1.412,3 toneladas y Comodoro Rivadavia 517,1 toneladas, entre otros puertos.
Si bien no es un consuelo, el problema es mundial. Las naciones no cuidan de los recursos pesqueros como lo hacen con los que se encuentran en el continente.
En esta región del Sur se pesca directamente sobre la zona de veda donde desova la merluza, y es en este lugar donde se sacan ejemplares juveniles que luego se tiran porque no sirven para procesar en tierra; y también merluzas en período de desove, creando un caos en el recurso.
En Mar del Plata los barcos fresqueros de altura están tardando entre 10 y 14 días para volver, en muchas oportunidades sólo con la mitad de la bodega completa. Lo que muchos consideran es que debería reverse el área de veda; se quejan de que el mar esté cerrado, según sus propias palabras.
Pero sucede que durante el año 2009, en las mismas condiciones que las actuales, se pudo capturar merluza sin inconvenientes ni limitaciones para la protección de los ejemplares juveniles. No se debería descartar tan rápido como se tiende a hacer, el hecho de que la pesca indiscriminada de los ejemplares pequeños, que debía protegerse durante el año pasado y no se hizo, esté ahora mostrando sus terribles efectos.

Problema mundial

La crisis de la pesca se hace sentir también en los pueblos costeros de África, en los restaurantes de Europa, en los grandes mercados de Japón y en los puertos de Canadá.
El atún rojo, que puede medir más de 3 metros, pesar hasta 680 kilos y vivir 30 años, lleva en su cuerpo la causa de su posible extinción: la carne de su vientre es exquisita, al punto de ser considerada el sushi más selecto del planeta. En los últimos años, una flota de pesqueros -que por su tecnología parecen más naves de guerra que barcos de extracción, muchas veces acompañados de aviones localizadores- los persigue por todo el Mediterráneo.
Se ha pescado tanto que la población de atún rojo o aleta azul gigante, como se lo conoce también, está seriamente amenazada. Pero ni los funcionarios europeos ni los del norte de África hacen nada para detener la matanza. Como los bisontes que poblaban las praderas del Oeste americano, esta especie se está extinguiendo ante nuestros ojos.
La pesca actual tiene muchos problemas: un enorme poder de exterminio a causa de las nuevas tecnologías, una red sin control de compañías internacionales que obtienen grandes ingresos y la incapacidad de los responsables de gran parte del mundo para legislar y hacer cumplir las leyes correspondientes. A esto se suma la indiferencia de millones de consumidores de pescados a los que, seamos francos, no nos importa cómo llegó ese manjar a nuestras mesas.

Durante los últimos años, la industria pesquera ha empezado a capturar grandes cantidades de peces pequeños comedores de plancton, como las sardinas y otras especies similares. Esta puede ser una estrategia peligrosa. Si se eliminan los peces pequeños, hay una gran probabilidad de que otras especies de la cadena trófica, como las medusas, saquen buen partido de su escasez; eso asegura Tom Anderson, ecólogo marino del Centro Nacional de Oceanografía en Southampton, Reino Unido.


El apogeo de las medusas se está dando también en las aguas sometidas a sobrepesca del Mar Negro, de Alaska, del Mediterráneo y en el Golfo de México. En el Mar de Japón, la sobrepesca de sardinas y boquerones ha provocado un problema de proporciones increíbles con las medusas: el apogeo de la especie gigante Nemopilema nomurai, que puede crecer hasta dos metros de diámetro.

Los océanos del mundo son una sombra de los que fueron. Algunos biólogos marinos sostienen que la población de peces grandes y comercializables ha disminuido entre un 80 y un 90%, mientras otros sostienen que la merma ha sido menos grave. Pero todos coinciden en que en la mayoría de los mares hay demasiados barcos pescando.
Como la mayor parte de las aguas del hemisferio Norte ya se agotaron, las flotas comerciales se desplazaron hacia el Sur, sobreexplotando zonas antes repletas de peces. En las costas del oeste africano, las flotas extranjeras y locales, poco vigiladas por los gobiernos y por lo tanto muy propensas a violar las leyes, están exterminando los recursos pesqueros de las aguas sobre la plataforma continental. Privan así de su medio de subsistencia a los pescadores de Senegal, Ghana, Guinea, Angola y otros países costeros; también de la principal fuente de proteínas para sus familias.
En Namibia, costa de África, se vive el colapso de los antaño abundantes bancales de sardinas y boquerones. En los últimos años de la década de los ‘70, en esos puertos africanos la captura total de peces era de unos 17 millones de toneladas anuales. Ahora está cerca del millón de toneladas.
En Asia se ha pescado tanto en el Golfo de Tailandia y en el Mar de Java que varias especies están la borde de la desaparición
Es necesario que los océanos sean vistos como ecosistemas, que se pesque de manera sustentable y que dejen de ser tratarlos como supermercados donde las empresas puedan extraer peces sin control, mientras sea lucrativo. Los consejos administrativos que manejan las diferentes pesquerías deben estar integrados por científicos y conservacionistas, además de miembros de la industria. Y los países más fuertes deben dejar de contribuir con sus empresas y recortar los 25.000 millones de dólares que, se supone, otorgan anualmente en subsidios gubernamentales.
No son pocos los que confían tanto en que podemos darle la vuelta a la situación actual, los que apuestan por el hecho de que los océanos del futuro tendrán más peces de los que tienen ahora. En realidad, no es imposible, pero se precisará un cambio abismal en la forma que tenemos de manejar los mares. Sin algunos cambios serios, las picadas de mar que tanto nos gustan serán parte de un recuerdo.


Métodos crueles
Hay métodos de pesca realmente crueles. A mí, personalmente, el tiburón me parece uno de los bichos más antipáticos del planeta, pero que les corten las aletas vivos, con las que se prepara la carísima y exclusiva sopa de aletas de tiburón, para después tirarlos al mar y dejar que se hundan y mueran lentamente en el fondo del océano, me parece muy poco amable.
Muchos se preguntan si se toleran las muertes de millones de peces que no se utilizan para comercializar, sino que simplemente son “efectos colaterales” de estilos depredadores de pesca, sólo porque no suceden ante nuestras vistas. ¿Sería diferente si los peces gritaran? ¿Si los viéramos continuamente mientras están vivos? ¿Bajaría el nivel de crueldad y de muerte inútil de especimenes jóvenes y de tortugas de mar enredadas en redes?
La historia del atún rojo, como la de miles de otras especies, empezó con una gran abundancia que hacía las delicias de los pescadores de Gibraltar que esperaban su paso desde el Atlántico al Mediterráneo cada temporada. A lo largo de cientos de años, los pescadores idearon un método para extender las redes, interceptar los peces y llevarlos a unas cámaras donde los mataban. A mediados del siglo XIX, 100 trampas de atún rojo atrapaban 15.000 toneladas al año; la pesca era sustentable y daba empleo a miles de pescadores y sus familias. Hoy en día queda una docena de esas trampas, principalmente por la falta de peces, pero también por las construcciones costeras y la contaminación.
La pregunta es cómo detener este ciclo sin fin de pesca excesiva y cómo evitar que las grandes flotas de los países desarrollados cometan un suicidio ecológico y económico al agotar el atún, el tiburón, el bacalao, el róbalo, la merluza, el mero, el esturión, el lenguado, las rayas y otras especies. Nosotros, por lo pronto, debemos como mínimo cumplir con las reglas, para que la ganancia de hoy no convierta en un desierto líquido a los mares del Sur.
http://www.noticiasyprotagonistas.com/noticias/24118-mares-sin-vida/

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